VIAJE A LA BARCELONA SECRETA

Una guía para caminantes curiosos

Crónicas Peste Negra

La Peste Negra en Barcelona (3/4)

Tercera parte: el Rey

(aquí la segunda parte)

Las reuniones del Consell de Cent tenían fama de ser un pifostio tras otro, aunque por lo general eran muy civilizadas. Casi todo había sido pactado de antemano, incluidas las votaciones. Ver el Consell de Cent en acción sería como contemplar un complejo sistema de engranajes lleno de platos y piñones de diferentes tamaños, donde pequeñas decisiones en un lado tenían consecuencias predecibles en otro.

En la práctica, Barcelona se gestionaba sola. Los duques, marqueses y demás nobleza no tenían poder dentro de sus murallas. A lo largo de los últimos siglos, el linaje de los reyes de Aragón sólo venía a la ciudad a pedir esto o lo otro, y el Consell siempre sabía sacarle algo a cambio. Barcelona era la auténtica capital del reino, principalmente por su exagerado poder económico en comparación con otras ciudades. Aragón entero estaba ahí para dar pedigrí de reino cristiano al conjunto, pero no se movía un florín sin permiso de la oligarquía barcelonesa. Aunque más de uno desearía desplazar el eje de poder a Teruel o Zaragoza, hacerlo ahuyentaría el dinero barcelonés y con él Perpiñán, Tortosa y Girona.

Dicho de otra manera: el rey de Aragón podía coronarse en la Catedral del Pilar o en una porqueriza, tanto daba mientras viniera primero a Barcelona a rendir cuentas, pues era aquí donde se reunían las Cortes.

En cualquier caso, visto desde la Ciudad Condal, Pedro IV no estaba siendo un mal rey, aunque sus primeros años de reinado fueron un rifirrafe y llegó a caer realmente mal. Había sido criado demasiado aragonés y soñaba con equilibrar el poder entre Barcelona y Zaragoza, igual que su padre. Intentó que su círculo íntimo de poder fuera aragonesista y que su política se centrase más en el interior que en el Mediterráneo. Llegó a desafiar el poder del Principado e insinuar que Zaragoza, además de poder simbólico, tenía poder real.

Pedro IV el Ceremonioso.

En aquellos años, Barcelona fue muy sutil, actuando a través de los condes de Ribagorza y Prades, que le hicieron moderar su actitud. Al final, incluso parecía que todo había sido un desafortunado malentendido, fruto de la ambición propia de todo rey joven. E incluso el rey aceptó la ampliación de la ciudad, en una zona nueva al sur de la Rambla a la que llamarían El Raval.

Llegado 1348, Pedro IV tenía dos temas sobre la mesa. Por un lado, seguir ampliando la influencia y conquistas en el Mediterráneo. Esto se le daba realmente bien y tenía contentos a los barceloneses: se abrían más mercados, más puertos, más consolats de mar. La estrategia era la misma desde hacía trescientos años: importar materia prima, manufacturar, exportar. Para la Barcelona del siglo XIV no había enemigos cristianos en el mar, y quien te vendía algo hoy te compraría algo mañana. Los otomanos daban algunos problemas en la parte oriental, pero nada extremadamente preocupante. Los benimerís en Túnez estaban en guerra con los bereberes. Las naus catalanas campaban a sus anchas a lo largo y ancho del Mare Nostrum.

Bandera de la Corona de Aragón según un tratado de heráldica alemán

El otro tema lo tenía en casa. Su hermanastro Fernando lideraba un grupo de nobles de Aragón en su contra. Se habían rebelado porque Pedro IV, sin hijos varones, había nombrado a su hija Constanza heredera de la Corona, una mujer, habrase visto. En verdad, una burda excusa, pues lo que realmente reclamaban era que Pedro IV volviese al cauce aragonesista y dejase de contentar a los catalanes, y sobre todo dejase de pedir dinero cada dos por tres.

La cosa no hubiera ido a más si no fuera porque la nobleza de Valencia también apoyaba a Fernando. Con la misma excusa de estar en contra de la designación de Constanza como heredera, reclamaban un trato de igual a igual entre Valencia y Aragón.

Pedro IV había intentado sofocar las dos revueltas por la fuerza de las armas, pero había sido una pifia enorme. El 6 de abril (1348) se ve envuelto en un tremendo alboroto en Valencia, con plebeyos asaltando el palacio. El rey aceptó que Valencia tuviera estamentos judiciales similares a Aragón, pero el tema estaba lejos de calmarse.

Escudo de armas del Rey de Aragón.


Además, en ese momento, su segunda mujer, Lionor de Portugal, está embarazada, y Pedro IV desea que le dé el hijo varón que resuelva todos sus problemas sucesorios. Había conseguido casarse con ella pese a que Alfonso XI de Castilla la quería para su sobrino, complicando aún más las relaciones con Castilla. La boda se realizó en Barcelona el año anterior, y los valencianos también le reprochaban esa deferencia.

Así que el fatídico mayo de 1348 encontró al rey de Aragón en Valencia, negociando con su hermanastro, los nobles y la plebe cómo hacer que el Reino de Valencia dejase de parecer una colonia, como venía ocurriendo desde los tiempos de Jaume I.

Volvamos a Barcelona. El Consell de Cent tenía un sistema para reunirse de emergencia, donde se podían tomar decisiones solamente con una cuarta parte de asistencia. La mayoría de los consellers habían huido de la ciudad, estaban en paradero desconocido o habían muerto. La ciudad era un caos y el obispo Ricomà había convocado su procesión, mermando el liderazgo del Consell en esa pugna interminable entre el poder civil y el eclesiástico en la ciudad.

El Consell de Cent sólo tenía una opción: enviar un correo al rey. Él y sus tropas podrían poner orden en la ciudad, y al respaldar al Consell, equilibraría de nuevo las fuerzas y devolvería el seny a los barceloneses.
Así que Arnau Dusai, conseller en cap (alcalde), mandó que saliese un mensajero hacia Valencia a avisar al rey, y así se hizo.

Aproximación a la puerta del Consell de Cent

Al llegar allí, el mensajero transmite las novedades. El Rey lee la noticia y decide que él, su mujer encinta y su séquito, saldrán de inmediato hacía Teruel. Nada hay más importante que su hijo aún por nacer, y si hay una plaga en Barcelona, ése es el último lugar adonde iría. Tampoco iba a quedarse en Valencia, controlada por la nobleza rebelde. Lo que no sabe Pedro IV es que, seguramente traída por el propio mensajero, la plaga ya ha puesto un pie en la ciudad.

Hay que tomar una decisión. ¿Será él el último rey de la Corona de Aragón y serán estos los Últimos Días? ¿O será ésta la única oportunidad que tenga para vencer sobre sus enemigos y unificar la Corona?

Había que actuar con celeridad. Ordena a sus tropas que se reúnan con él en Teruel, especialmente los caballeros. Envía un mensaje a las fuerzas que le son leales en Aragón: el Rey parte hacia Zaragoza a sofocar la rebelión de su hermanastro.

La nobleza aragonesa sabía que no tenía ninguna oportunidad de ganar si se encerraba en la ciudad, así que tomó la iniciativa. El 21 de julio se libró la batalla de Épila, donde los nobles rebeldes fueron derrotados por las tropas reales. La batalla, pese a la bravía de los rebeldes, no tuvo mucho color. Habían reunido casi quince mil hombres, pero la mayoría eran meros peones contra la caballería y la infantería pesada del rey.

Pedro IV entró en Zaragoza y al momento puso fin a los privilegios de los nobles. Él mismo rasgó con su puñal los textos inscritos con dichos privilegios. Ahora tocaba volver al sur.

Puente sobre el río Jalón en Épila, donde los combates fueron más crudos


Volvió a reunir a sus caballeros en Teruel, y seguramente fue ahí donde el rey entendió la dimensión de los hechos. Roselló, Cerdanya, Lleida y Girona sufren la pestilencia. Barcelona, Tarragona, pocas y malas noticias. En Valencia están muriendo cientos al día. Sicilia, Cerdeña, Nápoles. La plaga no distingue amigos de enemigos de la Corona: Venecia, Florencia, Génova, y aunque él no lo sabe, en breve Castilla y Marruecos.

Y en su querida Zaragoza también acababa de declararse la plaga, al poco de que sus tropas abandonasen la ciudad. El arzobispo, Guillermo de Agrifolio, informa que han muerto ochenta y cuatro curas en un mes. No tiene personal para oficiar funerales.

Pero el rey no tuvo que mirar ningún mapa para comprender la magnitud de la tragedia. Su mujer se ha levantado con fiebre y le duele el cuerpo. Su barriga se le hace una carga insoportable.

Aun así, había que ceñirse al plan. Sofocada la nobleza de Aragón, tocaba vengarse de los traidores valencianos. Dicta que le acompañe su mujer para así estar cuidada por sus mejores médicos y protegida por sus mejores guardaespaldas.

Lionor nunca llegará a Valencia. La peste le pondrá fin a medio camino, al paso por un pueblecito morisco cuya única virtud era tener una fuente y que de ahí en adelante pasó a llamarse Font de la Reina.

Pedro IV estaba furioso. La nobleza valenciana organizó sus fuerzas en los llanos de Mislata y aquello fue una batalla campal, una carnicería. Pedro IV entró luego en Valencia, para entonces una ciudad moribunda, y desencadenó toda su ira sobre los rebeldes capturados, llegando a ordenar fundir una campana y dar a beber el bronce líquido a los prisioneros.

Valencia en el s. XIV. Muchas mezquitas pasaban a ser iglesias

La rabia real no tenía consuelo posible. Recibe noticias de que Castilla está siendo azotada por la plaga. Inglaterra y Francia están en guerra, y eso puede jugar a su favor. Aunque requeriría algo de preparación, es una ocasión única para decidir qué reino era el verdadero dueño de la Península Ibérica.

¿Y Barcelona? En los meses que el rey estaba guerreando por Aragón y Valencia, la Ciudad Condal es un laberinto de fantasmas. Hay, literalmente, más muertos que vivos, en proporción de seis a cuatro.

Los precios de la comida se han disparado, nadie recoge las cosechas. Los salarios se han multiplicado, no hay mano de obra. Los precios de las tierras y casas se han desplomado, algunos pocos ricachones están acaparando todas las propiedades que pueden. No hay comercio y las posesiones de ultramar sólo envían noticias desoladoras y peticiones de ayuda que nadie puede atender. Apenas hay ley en la ciudad y la moral escasea.

Es otoño y con la bajada de las temperaturas, el contagio se ralentiza y debilita. Aquellos que han sobrevivido a la enfermedad se vuelven inmunes, pero es un vano consuelo: el invierno se asoma crudo y ansioso de erradicar la poca vida que queda en la ciudad.

A estas alturas, el obispo Ricomà es un héroe. Ha sobrevivido a la enfermedad, según él porque Santa Eulàlia se le apareció durante lo peor de la fiebre y los delirios.

Pero al Consell de Cent, lo poco que queda de él, aún le quedaba una baza por jugar: enviar un mensajero a la Universidad de Lleida. Allí, los más grandes sabios de Catalunya sabrían qué hacer.

(sigue en la cuarta parte)

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