VIAJE A LA BARCELONA SECRETA

Una guía para caminantes curiosos

Crónicas Peste Negra

La Peste Negra en Barcelona (epílogo)

Epílogo: 1349 AD

(aquí la cuarta parte)

Había pasado un año desde el estallido de la plaga. A lo largo del invierno muchos murieron de hambre u otras enfermedades. Aquellos que sobrevivían a la Peste quedaban debilitados para enfrentarse a otros males. Se contaban alrededor de veinte mil muertos, aunque nadie se dedicó a tomar nota. El cálculo se hará en el futuro desglosando actas notariales, parroquiales y municipales.

Las valiosas medidas que el sabio de Lleida había propuesto eran difíciles de poner en práctica, algunos hábitos como vaciar el orinal por la ventana eran difíciles de erradicar. Tuvo relativo éxito la prohibición de importar telas de fuera de la ciudad, se redujo el consumo de fruta y verdura para favorecer el de carne. Puesto que los cadáveres mantenían viva la pestilència, se hacían incineraciones más allá de la muralla norte (actual Sant Martí), donde se consagró un terreno a tal efecto.

Casulla del obispo Ricomà que legó a la diócesis de Vic

El obispo Ricomà ya no vivía en Barcelona. Era una leyenda viva. Había fundado una cofradía en honor a Santa Eulàlia antes de irse a vivir a la corte papal en Aviñón, reclamado por Clemente VI. Aunque sus visitas a la ciudad eran escasas, supervisaba las obras de la Catedral, ahora reanudadas. El obispo explicaba que la interrupción de las obras era lo que había provocado la Ira Dei. También trajo la noticia en nombre del Papa de que los difuntos por la Peste quedaban absueltos de todos sus pecados, para alivio de todo el mundo. El consuelo se vendía muy barato.

En los campos los señores presionaban a los siervos para mantener la producción agraria anterior a la epidemia, pues de ello dependían sus rentas nobiliarias. La situación era insostenible. El campo se transformó en una bomba de relojería que tarde o temprano acabaría provocando sangrientas revueltas.

El conflicto entre campesinos, gremios, mercaderes y nobles
se iría agravando hasta la Guerra Civil Catalana de 1462

Esa tensión se agrava cuando el Consell de Cent hace un llamamiento a quien quisiera venir a vivir a la ciudad, abriendo sus puertas y relajando sus medidas inmigratorias por primera en todo el siglo. Los gremios y los mercaderes necesitaban mano de obra urgentemente para los talleres y la flota. Los campos se vaciaban de brazos que guiasen el arado y los señores endurecían las condiciones aún más. En algunas zonas del interior había tan poca moneda en circulación que abadías y cartujas tenían que volver a cobrar diezmos en días de mano de obra.

Criados famélicos rondaban las calles vestidos con las ropas de sus amos, malvendiendo cubertería y enseres. Señores de abolengo regateaban gallinas a cambio de trofeos y tesoros familiares. La frontera entre viuda, soltera y prostituta se desvaneció. Había casas vacías e incluso casas tapiadas que algunos vecinos evitaban mirar al pasar, mudos recuerdos de vergonzosas atrocidades fruto del pánico y la ignorancia.

En los palacios reinaba un silencio fantasmagórico y los hostales, antes radiantes, ahora eran lugares lúgubres donde los encapuchados susurraban. Ya no se oía hablar siciliano, lombardo o corso. La ciudad que había recibido con los brazos abiertos a cualquiera con dos diners al canut no tenía visitas. Era una ciudad fétida, corrupta, desnuda testigo del alcance de su castigo.

El Call (judería), barrio doblemente afectado.

Algunos linajes de apellidos sonoros se extinguieron mientras que por las calles los huérfanos se organizaban en jaurías. Era peligroso y había mucho cuchillo, daga y puñal sin vaina que lo enfundase.

Las nuevas tierras del Raval no llegarían a ser un nuevo barrio como estaba previsto. Se dedicaron al cultivo alrededor de la iglesia de Sant Pau. Tener el lujo de una huerta amurallada era un macabro legado de la tragedia.

En esas tierras también se ubicaría el nuevo Hospital de la Santa Creu (actual calle Hospital), fruto de la unión de los seis hospitales previos. La idea fue rápida en aprobarse, pero el dinero para la obra aún tardaría cincuenta años en llegar.

Flagelantes según ilustración del Liber Chronicarum, París 1493

Aparecieron los flagelantes. Donde antes se arrojaban pétalos de flores ahora se regaba el suelo con sangre. No pedían buena fortuna, sólo redención. Su penitencia tenía como objetivo la salvación del alma a cambio del dolor terrenal, una especie de especulación moral que estaba mal vista, pero nadie osaba impedir.

Barcelona se había convertido en el mundo al revés, en un cantar de juglar con muy mala rima. La Rueda de la Fortuna había girado demasiado rápido y había dejado a todo el mundo patas arriba, boca abajo. Era el reino de las preguntas sin respuesta.

Moneda con la efigie de Pedro IV: en el reverso «civitas barchinona«.
(Museu de la Prehistòria de València)

Pedro IV era un hombre decidido a que todo resultase a su favor, siempre. Volvió a casarse, esta vez con Leonor de Sicilia, que sí le dio el hijo varón que buscaba, además de dejar bien atado el vasallazgo de la estratégica isla a la Corona.

La reina Leonor vino a vivir a Barcelona, en un antiguo palacio templario que se amplió para ella y se llamó Palau Menor (actual calle Ataülf). Era una mujer con mucho carácter y se convirtió en el brazo derecho de su marido en la ciudad. De ahí en adelante, Barcelona seguiría siendo la capital de facto de la Corona pero debería dejarse tutear por los sucesivos reyes de Aragón, cada vez más alejados de sus orígenes de la Casa de Barcelona.

En los años venideros, Pedro IV hizo planes y se involucró en guerras e intrigas por toda Iberia y el Mediterráneo. Todo ello con resultados mediocres: sin el apoyo económico de Barcelona, Valencia, Palma, Sicilia y Nápoles (los grandes puertos burgueses y los más castigados por la Plaga) el único resultado tangible de tanta guerra y tanta intriga fue que los alumnos de catalán tengan hoy que aprender que hay un lugar en Cerdeña llamado L’Alguer.

Pedro IV, según el árbol genealógico conservado en el Monasterio de Poblet

Nuestros antepasados no lo sabían aún, pero 1349 fue el primero de muchos, muchos años de decadencia. Por delante faltaban más epidemias, más guerras intestinas, revueltas campesinas y cambios en el Mediterráneo y la Península que ninguno favoreció a la Ciudad Condal.

La época anterior a la Peste Negra sería recordada por la memoria colectiva como una edad dorada, un recuerdo lejano que evocar en los siglos venideros: …tornarà a ser rica i plena

Gracias por leernos. Ansiamos que la próxima vez podamos volver a enseñar historia en las calles, que es donde pertenece.

2 COMENTARIOS

  1. Qué ameno leer la historia así escrita.
    La historia se repite una y otra vez.
    No sé cómo recordaremos la época anterior al Covid-19, pero espero que la posterior sea más justa y consciente para tod@s.
    Gracias Sonia y Pedro.

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