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Por Pedro Guerrero, @Peter_IGN

Si preguntamos a los de fuera sobre nuestra Barcelona, nos hablarán de Gaudí y Paseo de Gracia. Nos hablarán del Gótico y del Modernismo. Sin saberlo, pintarán una Barcelona burguesa y aburguesada, con un gusto exquisito y fines filantrópicos, digna de los padres de Bruce Wayne, digna de primera clase en el Titanic y, por supuesto, digna de pasear por el Park Güell, así tal cual, con ka, lejos de los humos de las fábricas.

Barcelona siempre ha sido una ciudad burguesa. Pero una ciudad no puede ser sólo burguesa y ya está. La burguesía, por definición, requiere mano de obra y medios de producción o sea, operarios y fábricas, cosa que en Barcelona había en abundancia. Y no eran unos operarios cualesquiera, muchos eran jornaleros que trajeron su lucha del campo a la ciudad, y otros eran oficiales y aprendices que llevaban la herencia de los gremios consigo.

Por lo tanto, más que la Barcelona burguesa de fachada chillona, Barcelona era sobre todo la ciudad anarquista, comunista, socialista, izquierdista; la que salió a la calle por el sufragio universal, el descanso dominical y la jornada de ocho horas. La misma Barcelona que en julio del 36, cuando alguien dijo que aquello no estaba bien y había que volver a hacer las cosas como Dios manda, hizo lo único que sabía hacer en estos casos: salir a la calle.

Hoy en día, Barcelona sigue siendo una ciudad burguesa, pero aun así dejamos las chimeneas en pie: cada vez que veas una, sorpréndete, ya que ahí hubo una gran fábrica llena de operarios, rodeada de humo, ruido e ideas. Mira a tu alrededor y dime que Barcelona es una ciudad burguesa, pero dime también que una ciudad no puede ser sólo burguesa y ya está.