VIAJE A LA BARCELONA SECRETA

Una guía para caminantes curiosos

Crónicas

El Carnaval del Liceu: 1919

Como bien sabréis los que habéis tenido la suerte de asistir a nuestras rutas «Así en la Tierra como en el Cielo» por la parte vieja del cementerio de Montjuïc, Barcelona tuvo ese precioso y peligroso mote de «Rosa de Foc«.

Durante las décadas a partir de 1860, España pasó por monarquía, república, restauración, regeneración y tantas otras cosas que estudiamos en tercero de BUP y nuestro cerebro olvidó con alevosía. Se perdieron las colonias donde el meu avi va anar a Cuba, mientras el mundo descubría el telégrafo, la electricidad, los coches y los zepelines.

c/ Ferran esquina La Rambla. Un punto negro de circulación en la época.
Foto: Adolfo Zerkowitz

En medio de semejante huracán de acontecimientos internacionales, Barcelona entró en el siglo XX como capital mundial del anarquismo. Miles se afiliaban clandestinamente a la CNT con la esperanza de un futuro donde nadie fuera mejor que nadie y cada cual diese según su capacidad y recibiese según su necesidad.

Por supuesto, para entender el cuadro de esa Barcelona del Modernismo, hay que mirar de lejos y luego acercarse. Domina el panorama la alta burguesía industrial. Familias emparentadas que reunían poder económico, político y cultural, cuyos patriarcas llevaban el título de prohom, frac y chistera. Sus hijos, els hereus, llevaban monóculo, no porque sirviese para algo, sino porque ya eran hípsters antes del hipsterismo (esto lo explicamos en nuestras visitas guiadas a Vil·la Cecília).

Las nuevas musas: fonógrafo, electricidad, teléfono y fotografía (casa Lleó-Morera)

Así, pasito a pasito, llegamos a 1919 y Barcelona, nuestra querida Barcelona es la quintaesencia de la desigualdad social. La guerra de clases que auguró Marx medio siglo antes no era un concepto teórico, era algo que se mascaba y respiraba. Tu estatus social definía qué comías, cómo vestías, qué música escuchabas y cualquier otra faceta de tu vida.

La Pedrera ya estaba finalizada y todo el paseo de Gràcia era el museo del insulto a los que vivían en los quarts de la Barceloneta o en las barracas del Somorrostro. Las fábricas escupían hollín veinticuatro horas al día y las calles presumían del dudoso honor de tener atascos de tráfico. La alta burguesía nadaba en dinero y, como si fuera la Edad Media, retaba a la arcaica aristocracia en influencia y privilegios. Ellos eran el progreso, los mensajeros de los nuevos dioses: la Metalurgia y la Industria textil.

Alegorías de la Metalurgia y la Industria. La rama de olivo, símbolo del progreso.

El templo de la alta burguesía barcelonesa era el Liceu. Era la Suiza de la élite: las riñas entre las casas quedaban a un lado, los señores podían alternar querida y esposa, se celestineaba para emparejar a las pubilles y a fin de cuentas, era ese lugar neutral donde la gente con clase iba a estar con gente con clase y hacer cosas de gente con clase.

Primero de marzo de 1919, no os lo vais a creer. Hay una huelga general en curso desde hace dos semanas. Sectores enteros han parado la producción en solidaridad con la Canadenca (luego Fecsa, actual Endesa), nombre popular de la Barcelona Traction Light and Power Company. La ciudad está completamente parada.

Reclaman, entre otras cosas, la jornada de ocho horas.

Altercados durante la huelga. Fondo Josep Mª Sagarra i Plana

Se enfrentan a pistoleros carlistas infiltrados en las asambleas sindicales, esquiroles y sobre todo al Capitán General Milans del Bosch padre, que pide al gobernador Romanones declarar el estado de guerra en la ciudad.

Con sus fábricas paradas, sus trabajadores pidiendo lo imposible y el Ayuntamiento intervenido por el Gobierno central, ¿qué harían los ricos y poderosos mientras tanto?

Anuncio en La Vanguardia el día anterior

Por supuesto, ir al Liceu. Era el baile anual de máscaras, un gran acontecimiento.
Toda la alta alcurnia estará allí.

Los bailes de máscaras no eran una cosa baladí.
Pregunten a los balcones de la casa Batlló.

Esa noche del primero de marzo de 1919 tuvo que ser un día bizarro. Bizarro de extravagante, insólito, inentendible. Mientras los sindicalistas se escurrían por ejemplo, por las sombras de la calle Unión para reunirse con los suyos en el Café Español o llegar a la imprenta donde imprimir octavillas clandestinas, la flor y nata accedía de forma ordenada y distendida a su templo, seguramente rodeada de férreas, aunque discretas, medidas de seguridad.

Extracto de las tarifas. No incluye el gasto de «timbre» Arxiu del Liceu

La entrada para los no socios valía entre 172,50 y 258,75 pesetas. Los socios pagaban entre 25 y 100 pesetas si reservaban una semana antes.

Un jornalero ganaba tres reales y medio al día (cuatro reales igual una peseta). Alguien con oficio y experiencia podía llegar a tres o cuatro pesetas al día (tres cuartas partes si eras mujer).

Extracto de la relación de palcos vendidos aquel día. Arxiu Històric del Liceu

Esa era la Barcelona del contraste, esa era la Barcelona de las luchas sociales, esa era la Barcelona de principios de siglo. Los y las trabajadoras consiguieron su jornada de ocho horas, pero la batalla por los libros de historia la ganó la burguesía: los barceloneses lloraron cuando la quema del Liceu, los turistas visitan el Park Güell y el Paseo de Gràcia, pero las Tres Xemeneies no salen en ninguna guía, y la Rosa de Foc, el más lindo nombre que jamás tuvo nuestra ciudad, se extinguió.

Eso sí, prohibido tirar serpentinas y confetti. Ante todo, clase, señores.
Clase.

Exquisita portada del programa de mano de ese uno de marzo de 1919
Arxiu Històric del Gran Teatre del Liceu

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