Parece que los minutos viajan a distinta velocidad bajo la montaña del Tibidabo. El tiempo camina despacio, sosegado y con la certeza de haber encontrado el ritmo adecuado.

El turismo que tanto ha alterado el paisaje de la Condal en los últimos veinte años,  subió hasta el Park Güell dejando más allá un territorio de difícil acceso para el turista de fin de semana.

Será por la poca falta de vivir del turismo más allá del Putxet, o por conservar su tradición de barrio residencial, una zona de descanso y de reposo, lo que ha hecho de Sant Gervasi un lugar poco alterado por el ritmo forzado que nos ha marcado el turismo.

Más abajo del Putxet, aquello que no tenía sentido ni interés turístico se ha ido transformando. Aquí y, a pesar de su sinrazón, las reliquias siguen en pie quizás porque nunca han molestado.

En plena avenida que derrochaba confort a principios del s.XX, la historia le dio un giro de 180º al estallar la Guerra Civil. Fue entonces, cuando la propiedad privada de los dueños de las fábricas y talleres, aquellos que vivían lejos de la  Barcelona Obrera, fue incautada, expropiada o colectivizada. Esto nos lleva a responder muchos interrogantes de un barrio actualmente falto de tejido social, pues durante la Guerra Civil fue un vecindario expulsado de sus casas. Las familias que procedían de la Catalunya rural volvieron a sus pueblos, otras permanecieron en el exilio hasta recuperar sus torres y palacios.

Una vez terminado el conflicto, y ya recuperadas sus propiedades, muchas de estas familias se negaron a volver a sus residencias. Se encontraron con hogares convertidos en lo que fueron las llamadas checas o prisiones de tortura durante los años del conflicto.

Una de esas expropiaciones fue la casa del Dr. Andreu, se incautó para albergar la embajada de la URSS.  En el interior de este palacio no encontraremos princesas ni pianos de cola, sino un búnker para “desconectar” un largo periodo de tiempo.


71 La Vanguardia, foto de 12-12-1936_texto


Debido al apoyo que la Unión Soviética dió al gobierno de la II República durante la Guerra Civil, este lugar era una chincheta de color chillón en el mapa de la aviación franquista. Por esta razón, se construyó en el sótano de la casa un búnker antiaéreo.

 Los trabajadores de la embajada contaban con oficinas, cocina, dormitorios, sala de máquinas y comuna underground que les permitía el aislamiento durante un periodo de tiempo prolongado. Los objetos no se conservan ya, pero se puede entrar y caminar por este sótano para hacernos una idea más real de lo que significó aquel conflicto armado que ni las clases altas se libraron.


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