No sabemos qué pasaba exactamente por las cabezas de l@s arquitectos de las décadas de los 60 y 70 pero les pusieron la guinda al pastel con las porterías. Ser la antesala o el vestíbulo del buen gusto de sus inquilinos es de las pocas funciones estéticas que puede hacer un llamado no-lugar, como la portería.

En las inmediaciones de la Plaza Molina nos hemos encontrado con auténticas reliquias del diseño de interiores compuestas por mazacotes tresillos de skay, paredes forradas con oscuros listones de madera, las míticas sillas de patas cromadas, moquetas ya raídas o selvas urbanas formadas por un gran surtido de plantas de interior.

En los 70 se vivió libertad hasta en la decoración y, a pesar de algunos desaciertos de buen gusto, consideramos que son auténticos museos de interiorismo, especialmente la portería de Moragas.


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Aún así, la ausencia de renovación en alguna portería con mobiliario ya vetusto nos llena de misterio y dudas. Qué ha pasado con las reuniones de la comunidad? No hay consenso para comprar en Ikea o Habitat? No hay forma de reflejar, a través de una estantería Expedit o una Billy, la identidad global de los vecinos?


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